Piel vieja que se deja caer.
Sera cierto que el regreso a casa es inminente, la danza debe regresar a casa con piel nueva, la cadencia del corazón y las fuerza para dejar atrás el ego.
Hay un sopor natural en los bailarines que todos los seres humanos experimentamos en algún momento de nuestras vidas, ese aletargamiento que llega como a los 11 años de edad, siendo niños ya vivimos esto que muchas veces sentimos como perdida de luz y entrada en la oscuridad.
Perdemos la gracia para bailar, la dulzura del movimiento organizado por la sabiduría de los músculos, huesos, perdemos la sonoridad de las pequeñas células,
Los bailarines empiezan a buscar.
¿A donde van?
Muchos se van a las técnicas.
Otros siguen comparando.
A lo mejor, abandonan su arte por una grotesca relación de conveniencia, y renuncian a su sueño de ser el movedor que identifica intuitivamente el depredador innato a través del olfato, la vista, el oído o el tacto, se anticipa a su presencia, lo oye llegar y adopta medidas para rechazarlo.
La cura tanto para los bailarines ingenuos como para aquellos cuyo instinto ha sido lesionado es la misma:
Practicar la escucha de la propia intuición, de la propia voz interior, hacer preguntas, seguir curiosamente, ver lo que tenga que ver, oír lo que tenga que oír, y danzar según aquello que sabe internamente que es verdad.
El bailarín que regresa a casa con su danza no tiene que ser amable, solo tiene que aprender a respirar bajo el agua, a caminar sin pies, a dejarse mover en caída libre, hacer que su danza sirva para servir.
El regreso a casa es para hacer de la danza lo que siempre ha sido, un ritual, una fuente de inspiración y perspicacia.
Dentro de la todo bailarín hay una vida secreta, y una danza que debe volver a casa.

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